Liberados del temor de la muerte
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Rhema En Ecuador
Liberados del temor de la muerte
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En una entrada anterior, vimos que el mejor tiempo para pasar tiempo con el Señor Jesús es en la mañana, antes de envolvernos en el ajetreo de nuestro día. Ahora veremos algunos principios y consejos prácticos que nos ayudarán a cultivar este hábito.
Establecer buenos hábitos requiere motivación, ya sea positiva o negativa. Por ejemplo, si sabemos que hacer ejercicio regularmente nos ayuda a sentirnos mejor, funcionar de manera más eficiente y hasta vivir más tiempo, es más probable que nos levantemos y empecemos a movernos. Tener en mente estos beneficios nos ayuda a perseverar aún cuando no tengamos el deseo de hacer ejercicios.
Asimismo, pasar tiempo con el Señor Jesús cada mañana afecta directamente nuestra vida espiritual y nuestro vivir diario. Cuando disfrutamos al Señor y a Su Palabra en la mañana, somos nutridos y suministrados con Su vida. Como resultado, creceremos en la vida de Cristo.
Por el lado negativo, saber lo que les sucede a nuestros dientes cuando no usamos hilo dental regularmente puede animarnos a adquirir este hábito. Usamos hilo dental porque somos motivados por las consecuencias que vendrán si no lo hacemos.
De la misma manera, conocer las consecuencias negativas de no pasar tiempo con el Señor también puede motivarnos a establecer este hábito. Estas consecuencias incluyen no crecer espiritualmente, e incluso debilitarnos.
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No debemos esperar que los hábitos se desarrollen de la noche a la mañana. Se necesita tiempo y práctica para formar un hábito, y a menudo implica fracasar. Cuando esto sucede no debemos desanimarnos; sólo tenemos que levantarnos e intentarlo de nuevo.
Cultivar el hábito de pasar tiempo con el Señor cada mañana no es una excepción. Se necesita tiempo y práctica para hacer de esto una parte normal de nuestras vidas.
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Cuando leemos la Biblia somos alimentados por la Palabra de Dios y suministrados en nuestra vida cristiana. Jesús mencionó esto en Mateo 4:4 cuando dijo:
“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Otros versículos encontrados en La Biblia también nos muestra claramente que la Palabra de Dios es alimento para Sus hijos. Por ejemplo, 1 Pedro 2:2 dice:
“Desead, como niños recién nacidos, la leche de la Palabra dada sin engaño, para que por ella crezcáis para salvación”.
Y en el Antiguo Testamento, Jeremías 15:16 dice:
“Fueron halladas Tus palabras, y yo las comí; y Tu palabra me fue por alegría y por gozo de mi corazón”.
Cuando comemos comida física recibimos los nutrientes necesarios para vivir y estar saludables. Así recibimos las energías necesarias para ir a trabajar, hacer ejercicio y pasar tiempo con la familia y amigos. En cambio, cuando no comemos por un día nos sentimos débiles, cansados e incluso malhumorados. Si seguimos sin comer nos ponemos susceptibles a problemas mayores, como enfermedades.
De igual manera, cuando comemos la comida espiritual recibimos el suministro necesario para vivir nuestra vida cristiana. Pero cuando nos alejamos de la Palabra de Dios por un tiempo es posible que nos sintamos débiles, cansados y “malhumorados” espiritualmente. Nos encontramos más susceptibles a tentaciones, dudas y otras clases de enfermedades espirituales. Simplemente no contamos con la manera de enfrentarnos a los muchos desafíos que llegan a nuestra vida como creyentes.
Por lo tanto, es muy importante que recibamos el suministro que proviene de leer y comer la Palabra de Dios diariamente. Para mantener una vida cristiana saludable e incluso llena de gozo, debemos recibir el alimento espiritual que nos brinda la Palabra de Dios.
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¿Y qué si no entendemos lo que leemos?. Es posible que nos preguntemos si debemos seguir leyendo la Biblia. Quizás estamos desanimados porque se nos olvidó lo que leímos en la mañana. ¿Debemos seguir leyendo, aun cuando no podemos recordarlo todo?
La respuesta es sí, definitivamente. La razón por la cual debemos seguir leyendo es que es que ésta nos lava, lo cual es un gran beneficio que recibimos al leer la Palabra de Dios.
Efesios 5:26 dice:
“Para santificarla, purificándola por el lavamiento del agua en la palabra”.
El uso de la tercera persona aquí se refiere a la iglesia, la cual está compuesta de todos los creyentes en Cristo, y el “lavamiento del agua en la palabra” indica algo diferente del lavamiento de nuestros pecados por la sangre del Señor. Así pues, ¿qué es este lavamiento?
Esto es lo que dice la nota 3 de la Versión Recobro acerca del lavamiento del agua en la Palabra:
“La sangre redentora nos lava de nuestros pecados (1 Jn. 1:7; Ap. 7:14), mientras que el agua de vida nos lava de los defectos de la vida natural de nuestro viejo hombre, tales como las manchas, arrugas y cosas semejantes, según se menciona en el v. 27. Al separar y santificar la iglesia, el Señor primero nos lava de nuestros pecados con Su sangre (He. 13:12) y luego nos lava de nuestras manchas naturales con Su vida. Ahora estamos en este proceso de lavamiento a fin de que la iglesia sea santa y sin defecto (v. 27)”.
Es probable que ya entendemos el hecho de que necesitamos ser lavados de nuestros pecados por medio de la sangre del Señor, sin embargo, tenemos que entender que necesitamos ser lavados de nuestra vida natural por Su propia vida. ¿Cómo podemos experimentar este lavamiento en nuestra vida? El lavamiento del agua de vida está en la Palabra de Dios. Así que, incluso cuando no recordemos y no entendamos completamente lo que leemos, leer a diario la Biblia nos lava de tantas cosas negativas.
Como cristianos, nuestra fe no se basa en nuestra imaginación o nuestros conceptos, sino en la Palabra de Dios. Por tanto, es de suma importancia que sepamos lo que nos dice la Palabra de Dios. Al leer la Biblia regularmente, con el tiempo leeremos la Biblia en su totalidad y obtendremos un conocimiento básico de Dios y las cosas de Dios. Este conocimiento básico es como aprender el abecedario. Si no aprendemos las letras del abecedario, será imposible que leamos o escribamos. Antes de poder entender el libro más sencillo o escribir una carta, debemos aprender el abecedario.
Conocer los hechos relatados en la Biblia es como saber nuestro abecedario espiritual. Familiarizarnos con las palabras, los hechos, las historias y las expresiones en la Biblia forman en nosotros los componentes básicos que el Señor puede usar para mostrarnos más de la verdad en Su Palabra. Esto nos ayuda a que lo conozcamos de una manera más profunda y le permite hablarnos más y más en Su Palabra.
Dios nos ha dado un regalo poderoso y maravilloso en Su Palabra. Al leerla, no sólo somos educados espiritualmente, sino que también somos lavados y nutridos en nuestro interior. Si usted desea recibir ayuda en cuanto a leer la Biblia regularmente, le recomendamos mirar la siguiente entrada: edificar un hábito de leer la Biblia diariamente.
Todos los versículos citados son de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede solicitar su ejemplar gratuito aquí.
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En otras entradas, hablamos de cómo los creyentes en Jesucristo pueden tener la certeza plena de que son salvos y nunca podrán perder su salvación.
Cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador, fuimos perdonados y lavados de nuestros pecados. Pero aunque nuestra salvación es eterna, después de ser salvos todavía cometemos pecados. Desobedecemos a Dios o le fallamos en muchas situaciones en nuestra vida diaria.
Después de todo, 1 Juan 1:8, que fue escrito a creyentes, dice:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.
Cuando pecamos, esto resulta en tres problemas que involucran a tres partes: Dios, nosotros y Satanás. Veamos estos problemas y la única solución para cada uno: la sangre de Jesús.
Isaías 59:1-2 nos dice qué sucede entre nosotros y Dios cuando pecamos:
“No, no es demasiado corta la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado Su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han venido a ser una separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro, de modo que Él no os oye”.
Dado que Dios es santo y absolutamente justo, nuestros pecados nos separan de Él. No es necesario cometer un crimen grave para separarnos de Dios; incluso decir una pequeña mentira crea una barrera entre nosotros y Él. Sólo la sangre de Jesús puede remover esta barrera.
Leamos lo que dicen 1 Juan 1:7 y 9:
“Pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado… Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.
Podemos ser perdonados y limpiados de todo pecado por la sangre de Jesús. Esto elimina la separación entre nosotros y Dios.
Pero dése cuenta de que en estos versículos para que seamos perdonados, primero se requiere algo: debemos confesar nuestros pecados a Dios. Cuando confesamos, Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos porque la sangre de Jesús satisface todos los justos requisitos de Dios.
La nota 2 sobre el versículo 9 en El Nuevo Testamento Versión Recobro dice:
“Dios es fiel a Su palabra (v. 10) y justo con relación a la sangre de Jesús Su Hijo (v. 7). Su palabra es la palabra de la verdad de Su evangelio (Ef. 1:13), la cual nos dice que Él perdonará nuestros pecados por causa de Cristo (Hch. 10:43); y la sangre de Cristo ha satisfecho Sus justos requisitos para que Él pueda perdonar nuestros pecados (Mt. 26:28). Si confesamos nuestros pecados, Dios, conforme a Su palabra y con base en la redención efectuada mediante la sangre de Jesús, nos perdona porque Él tiene que ser fiel a Su palabra y justo con relación a la sangre de Jesús; de otro modo, Él sería infiel e injusto”.
A veces, después de confesar nuestros pecados a Dios, es posible que no nos sintamos perdonados. Pero nuestros sentimientos no determinan si somos perdonados; nuestro perdón se basa en la sangre de Jesús. Según la Biblia, si confesamos nuestros pecados a Dios, somos perdonados y tenemos el derecho de acercarnos a Él confiadamente. La separación es eliminada y podemos disfrutar de la comunión con Él una vez más.
Otro gran problema creado por el pecado es el sentimiento de culpa en nuestro interior. Dios está satisfecho con la sangre de Jesús como pago por nuestros pecados, pero puede que el sentimiento de culpa nos acose. Esto se debe a que los pecados que cometemos dejan una mancha en nuestra conciencia. El sentimiento de culpa proviene de nuestra conciencia manchada.
Tener una conciencia culpable es un asunto serio. Todos sabemos el efecto miserable de una conciencia culpable. Y nada de lo que podamos hacer es capaz de borrar la mancha de nuestra conciencia.
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Pero la Palabra de Dios nos da la respuesta a este problema. Hebreos 9:14 nos muestra la única solución para una conciencia culpable:
“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?”.
La misma sangre que requiere que Dios nos perdone también purifica nuestra conciencia y lava la mancha del pecado. ¡La sangre de Cristo es verdaderamente poderosa!
Si un sentimiento de culpa permanece después de confesar nuestros pecados, simplemente debemos permanecer firmes en la Palabra de Dios. Podemos orar, “Gracias, Señor Jesús, que por Tu sangre soy perdonado y limpiado. ¡Señor, Tu Palabra dice que Tu sangre incluso purifica mi conciencia! Gracias, mi pecado es completamente lavado por la sangre de Jesús”. Cuanto más permanezcamos firmes en la Palabra de Dios en lugar de confiar en nuestros sentimientos, más certeza tendremos de que la mancha en nuestra conciencia ha sido limpiada.
Después de haber tomado medidas con respecto a nuestros pecados ante Dios, puede que tengamos otro problema: un sentimiento en nuestro interior de acusación con respecto a nuestros pecados. Esta acusación puede convertirse en una nube gigante sobre nuestras cabezas, robándonos toda la paz. A pesar de que nos damos cuenta de que hemos sido perdonados por Dios y de que nuestra conciencia ha sido purificada, es posible que estemos preocupados por esa persistente acusación y continuemos culpándonos por lo que hemos hecho.
Este sentimiento puede llevarnos a confesar nuestro pecado a Dios nuevamente, haciéndonos pensar que nuestra confesión no fue suficientemente completa la primera vez, o que no nos lamentamos lo suficiente. Pero no importa cuántas veces confesemos el mismo pecado a Dios, las acusaciones simplemente no se van.
¿Por qué es eso? Es extremadamente importante ver de dónde provienen estas acusaciones. No son de Dios. Hemos visto que Dios está obligado por Su fidelidad y justicia a perdonarnos cuando confesamos. Las acusaciones tampoco provienen de nuestra conciencia. La sangre de Jesús purifica nuestra conciencia manchada de pecado.
Entonces, ¿de dónde vienen esas acusaciones? La Biblia nos dice que provienen de Satanás.
De hecho, en Apocalipsis 12:10 dice esto acerca de Satanás:
“Ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”.
Satanás es el enemigo de Dios y nuestro acusador. Él pasa su tiempo acusando a los creyentes, incluso de día y de noche. Su objetivo es debilitarnos e incluso paralizarnos. Quiere privarnos de nuestro disfrute del Señor y de todo lo que Él ha hecho por nosotros. Si aceptamos sus acusaciones, nuestra comunión con Dios se verá estorbada y sufriremos una gran pérdida en nuestra vida espiritual.
Pero Apocalipsis 12:11 nos dice cómo tratar con estas acusaciones de Satanás:
“Y ellos le han vencido por causa de la sangre del Cordero”.
La nota 2 sobre este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro es iluminadora:
“La sangre del Cordero, la cual nos redime, es la respuesta ante Dios a todas las acusaciones que el diablo tiene contra nosotros y nos da la victoria sobre él. Tenemos que aplicar esta sangre cada vez que el diablo nos acuse”.
Definitivamente necesitamos confesar nuestros pecados al Señor para ser perdonados y tener nuestra conciencia limpia de la mancha del pecado. Pero después de eso, si somos acosados por las persistentes acusaciones sobre ese mismo pecado, debemos tomar medidas adicionales. Tenemos que decir “¡NO!” a las acusaciones de Satanás y declararle la eficacia plena de la sangre de Jesús. Tenemos que apuntar a Satanás, el que nos acusa, a la sangre del Cordero.
En lugar de sucumbir a las acusaciones de Satanás, debemos rechazarlas. Cuando él nos acuse, simplemente deberíamos declarar: “Satanás, rechazo tus acusaciones. Mira la sangre de Jesús. ¡Dios está satisfecho con la sangre redentora de Cristo, mi conciencia está purificada con Su sangre limpiadora y tú eres derrotado por Su sangre vencedora!”.
Al creer en y experimentar la eficacia de la sangre de Jesús, nuestro andar cristiano cambiará.
Nunca tenemos que permanecer separados de Dios, agobiados por el sentimiento de culpa o atormentados por las acusaciones de Satanás. Cuando pecamos, debemos confesar nuestros pecados, creer que Dios nos perdona y purga nuestra conciencia de la mancha de nuestro pecado, e incluso declarar a Satanás que hemos sido perdonados y limpiados por la sangre de Jesús. ¡La sangre de Cristo es verdaderamente preciosa!
Para aprender más sobre el poder de la sangre de Jesús, recomendamos leer el capítulo 3 titulado “La preciosa sangre de Cristo” en Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1, por Witness Lee y Watchman Nee. Puede pedir este libro gratis aquí desde cualquier parte del mundo.
Si usted vive en En Ecuador, también le recomendamos que pida una copia gratuita de la Santa Biblia de Estudio Version Recobro del Antiguo y Nuevo Testamento para que pueda leer todos los versículos que hemos mencionado en esta entrada junto con sus notas útiles.
Rhema En Ecuador
Aunque hemos creído en el Señor Jesús y lo hemos recibido como nuestro Salvador, puede que en ocasiones nos preguntemos: “¿Cómo sé que soy salvo?”. A veces sentimos que definitivamente somos salvos, pero otras veces no estamos tan seguros. Cuando somos sacudidos de un lado al otro entre la certeza y la incertidumbre, nos resulta difícil progresar en nuestra vida cristiana.
Sin embargo, no debemos vivir con tal inseguridad. Dios nos ha provisto tres maneras claras para que nosotros tengamos la plena certeza de la salvación, las cuales veremos en esta entrada.
La primera manera de saber que somos salvos es que la Biblia lo dice. Debemos darnos cuenta de que la Biblia no es un libro común; es el hablar del Dios vivo. Y Dios no miente, así que podemos creer, confiar y depender de Su Palabra absolutamente.
En 1 Juan 5:13 dice lo siguiente:
“Estas cosas os he escrito a vosotros los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”.
Este versículo nos muestra que Dios no quiere que permanezcamos inseguros de nuestra salvación. Tenemos algo por escrito —la Palabra de Dios— por lo cual podemos saber que verdaderamente somos salvos. Dios quiere que tengamos la certeza de nuestra salvación por medio de Su Palabra escrita.
La nota 1 en este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro habla acerca de la certeza de la salvación que podemos tener a través de la Palabra de Dios:
“Las palabras escritas en las Escrituras aseguran a los creyentes, quienes creen en el nombre del Hijo de Dios, de que ellos tienen la vida eterna. Creer para recibir la vida eterna es el hecho; las palabras de las Santas Escrituras representan la certeza tocante a ese hecho: son el título de propiedad de nuestra salvación eterna. Mediante estas palabras se nos da la certeza, las arras, de que siempre y cuando creamos en el nombre del Hijo de Dios, tenemos vida eterna”.
¡Tenemos las arras de nuestra salvación! Nuestras arras, es decir, nuestro “título de propiedad” de nuestra salvación eterna, es la Palabra de Dios.
Juan 3:16 es otro versículo que nos da la certeza de nuestra salvación:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no perezca, mas tenga vida eterna”.
Este versículo nos dice que cuando creemos en Jesucristo somos salvos; tenemos vida eterna y no pereceremos. Somos salvos cuando creemos en Él y lo recibimos como nuestro Salvador. Ésta es la Palabra inmutable y confiable de Dios.
Depender de los hechos contenidos en la Palabra de Dios, en lugar de nuestros propios sentimientos o deducciones, es una manera sólida de poder obtener la certeza de que verdaderamente somos salvos.
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PÍDALA AHORAOtra manera en que podemos estar seguros de que somos salvos es por medio del Espíritu.
Dios nos dio dos regalos maravillosos: la Biblia, la cual está fuera de nosotros, y Su Espíritu, quien está dentro de nosotros. Ambos dan testimonio de que cuando creemos en Jesús, somos salvos eternamente.
Cuando nacimos de nuevo al creer en Jesucristo, el Espíritu entró en nuestro espíritu para vivir en nosotros para siempre.
Romanos 8:16 habla claramente de estos dos espíritus:
El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.
El Espíritu Santo da testimonio en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu, de que verdaderamente somos salvos. Incluso si lo dudamos y decimos: “No creo que soy un hijo de Dios”, el Espíritu dentro de nosotros da testimonio para confirmar que sí lo somos. (Ro. 8:16) la nota, explica.
Una razón por la que tal vez nos preguntemos si somos salvos podría ser que no sabemos cómo experimentar este testimonio del Espíritu Santo con nuestro espíritu. En lugar de ello, quizás dependamos de nuestros sentimientos fluctuantes o de nuestra mente dudosa para asegurarnos que somos salvos. Pero la clave para experimentar este testimonio del Espíritu Santo es darnos cuenta de que este testimonio está con nuestro espíritu, el cual es más profundo que nuestra parte emotiva o nuestra mente.
Ahora, leamos 1 Corintios 12:3:
“Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino en el Espíritu Santo”.
La nota 3 en este versículo explica por qué es crucial decir “Jesús es Señor”:
“Indica que cuando decimos, con un espíritu recto: “¡Jesús es Señor!” estamos en el Espíritu Santo. Por tanto, la manera de participar del Espíritu Santo, y de disfrutarle y experimentarle es invocar al Señor Jesús”.
Cada vez que dudemos de nuestra salvación, podemos declarar en voz alta: “¡Jesús es Señor!”. Mientras lo declaramos, estamos en el Espíritu Santo, no en nuestra mente dudosa o en nuestras emociones fluctuantes, y el Espíritu en nuestro espíritu da testimonio y nos garantiza que definitivamente somos hijos de Dios.
Este amor no es algo que teníamos antes de ser salvos, y tampoco es algo que fabricamos después de ser salvos. Este amor es el resultado espontáneo de haber recibido la vida de Dios al ser regenerados.
En 1 Juan 3:14 el apóstol Juan dice:
“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos”.
La nota 1 explica la relación entre la vida y el amor que hay en este versículo:
“La muerte es del diablo, Satanás, el enemigo de Dios, y está simbolizada por el árbol del conocimiento del bien y del mal, el cual produce muerte; la vida es de Dios, quien es la fuente de la vida, y está simbolizada por el árbol de la vida, el cual produce vida (Gn. 2:9, 16-17). La muerte y la vida no solamente proceden de dos fuentes, Satanás y Dios; también son dos esencias, dos elementos y dos esferas. Pasar de muerte a vida es pasar de la fuente, la esencia, el elemento y la esfera de la muerte a la fuente, la esencia, el elemento y la esfera de la vida. Esto sucedió en nosotros cuando fuimos regenerados. Nosotros sabemos esto, es decir, estamos conscientes interiormente de esto, porque amamos a los hermanos. Amar (con el amor de Dios) a los hermanos es una firme evidencia de esto. La fe en el Señor es el camino por el cual pasamos de muerte a vida; amar a los hermanos constituye la evidencia de que hemos pasado de muerte a vida. Tener fe es recibir la vida eterna; amar es vivir por la vida eterna y expresarla”.
Este amor en nosotros por nuestros hermanos en el Señor es otra evidencia de que realmente somos salvos.
Una vez que recibimos a Cristo como nuestro Salvador, tenemos en la palabra escrita de la Biblia, en el Espíritu que da testimonio juntamente con nuestro espíritu y en el amor por nuestros hermanos en el Señor, unas fuentes maravillosas para tener la certeza de nuestra salvación. ¡Gracias a Dios, podemos saber con certeza que somos salvos eternamente y que verdaderamente somos hijos de Dios! Al tener esta certeza como nuestra base firme, podemos llevar una vida cristiana gozosa y avanzar en nuestra experiencia de Cristo y crecimiento en Él.
Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita aquí.
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Dado que la Biblia es tan esencial para la fe de un creyente y su andar con el Señor, ofrecemos copias gratuitas de la Santa Biblia de Estudio Versión Recobro. Por supuesto, la Santa Biblia en su totalidad, del Antiguo y el Nuevo Testamento, es la revelación divina de Dios única y completa.
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